Un guayacán poderoso rompía la paz verde de la montaña,con la explosión de sus flores.
Macizo, añoso, y alto cortaba el paso a un camino que se perdía entre el bosque tropical.Muchas veces, Pedro el dueño de la finca donde se levantaba el árbol, había ordenado cortarlo, sin que se cumpla su deseo.
Cierta mañana, Pedro y un peón se dedicaron a cortarlo con una motosierra. Chorritos de aserrin saltaban de la herida del guayacán.
Los hombres, sudorosos y agitados, vieron romperse la cadena de la máquina, sin que el árbol sufriera heridas profundas.
Tomaron entonces dos hachas.
Cada golpe acompasado del metal hacía brotar jugo del tronco.
De pronto, los hombres se detuvieron porque imaginaron que el guayacán lloraba.
Inmediatamente, Pedro empezó a recordar...
El guayacán y yo tenemos la misma edad. Los dos crecimos juntos.
¡Cuántas veces me arrimé a su tronco para descansar!
Aquí grabé las iniciales de los nombres de mis amigos de la escuela.
Junto a él me senté a pensar en lo que haría cunado fuese mayor.
Entonces Pedro, conversó con el guayacán...
Mi viejo amigo, los dos tenemos derecho a vivir.
Pedro acarició al árbol y se alejó del lugar en compañía del peón .
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